Andrea Mirón, del desencanto al reto

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Entrevista exclusiva con Andrea Mirón, la jugadora española con mayor trayectoria en Portugal una vez que ha militado en cinco clubes diferentes en el país.

Andrea Mirón (Pontevedra, 1991) llegó a Portugal en el verano de 2016 y, desde entonces, su historia ha sido un constante ir y venir entre dos países, hasta convertir Portugal en algo muy parecido a su hogar. Con ella hablamos siempre de fútbol, pero también de vida.

En 2025/26 vive, de nuevo un reto. En esta temporada se trata de reforzar el trabajo que lleva haciendo Gil Vicente desde hace un tiempo. El equipo de Barcelos se trata de uno de los proyectos más sólidos del país, pese a disputar la Segunda Liga.

A lo largo de casi una década hemos compartido numerosas entrevistas y conversaciones. Ha habido tiempo para tocar muchos temas, e incluso participó en el libro El extraño orden del fútbol portugués con una entrevista especialmente sincera y valiente.

En nuestra última entrevista vestía la camiseta del Damaiense y disfrutaba de una temporada histórica. Retomamos ahora la conversación exactamente en ese punto de su trayectoria.

Cambio y nuevo rumbo

Creo que es bastante evidente, como ya se ha comentado, por qué aquel proyecto no tuvo continuidad. En aquel momento, la falta de una visión clara de futuro fue determinante. Por mi parte, no existía el interés suficiente porque no veía una verdadera apuesta por el deporte, ni siquiera por mejorar las condiciones generales. No se trataba únicamente del fútbol femenino, sino de una ausencia de compromiso real con el crecimiento del proyecto. Percibía que había otros intereses fuera del fútbol que pesaban más, y eso fue lo que terminó de alejarme.

Tampoco puedo descartar que yo misma no despertase demasiado interés. Siempre he sido muy directa, quizás incluso demasiado en algunas ocasiones, y eso, cuando una va de frente de manera constante, no siempre agrada. A raíz de todo ello, preferí quedarme sin equipo antes que volver al Damayense, aunque debo decir que allí conocí compañeras extraordinarias que hoy en día considero amigas. Mantengo un contacto cercano con ellas, y futbolísticamente fue un año muy positivo.

Una temporada exigente dentro y fuera del campo no solamente para Andrea Mirón

Ese año fue un reto desde el principio. Se trataba de un equipo recién ascendido, con un proyecto nuevo y muchas caras nuevas. Deportivamente, la temporada fue muy buena, pero fuera del terreno de juego la gestión dejaba mucho que desear. Con el paso del tiempo una aprende a buscar la mejora en todos los sentidos, no solo en lo deportivo.

Fue una de las temporadas más diferentes de mi vida futbolística. Siempre he tenido esa inquietud de asumir nuevos retos, de probar cosas distintas y ver qué puede suceder. En ese contexto apareció Famalicão, aunque no era el de otros años. Ya no era aquel equipo fuerte de referencia; de hecho, el 90 por ciento del grupo había ganado anteriormente la Taça de Portugal. A pesar de ello, el proyecto venía de la mano de Miguel Santos, un entrenador procedente del Braga, lo que hacía pensar que, al menos, sería un equipo competitivo. Y lo fue.

Sin embargo, los resultados no acompañaron en los primeros partidos como nos hubiera gustado. La mente de una jugadora puede ser frágil en determinados momentos, y poco a poco entramos en una dinámica negativa que nos llevó a luchar por no descender.

Una de mis mejores temporadas a nivel personal

A pesar de todo, a nivel individual fue una de mis mejores temporadas. Me enfrenté a retos constantes, jugando como central, mediocentro, extremo e incluso como delantera. Terminé marcando entre 7 y 8 goles, una cifra que no alcanzaba desde hacía casi diez años. Fue un desafío precioso, aunque también me llevó a sentir que necesitaba un descanso del fútbol.

El vestuario contaba con jugadoras de gran nombre y experiencia, referentes como Alicio, Matilde o Raquel. He jugado en equipos grandes, pero no siempre las cosas salen como se espera al inicio de una temporada. Muchas veces lo decíamos al final: menos mal que teníamos un vestuario espectacular. Dentro del campo, además del trabajo, también hubo mucha mala suerte.

Era un grupo que entrenaba de forma espectacular a pesar de estar luchando por no descender, con jugadoras veteranas a las que nos costó asimilar aquella situación. El desgaste mental fue enorme. Nunca imaginé que llegaría a decir: “Tengo que parar porque mi cabeza no puede más”. Yo, que amo el balón en todas las superficies.

La necesidad de parar y tomar distancia

Decidí marcharme, incluso lejos de mi pareja, y me fui a vivir a Melilla. Allí me daba cuenta de que cada vez que regresaba a Portugal y veía un partido de fútbol me entraban unas ganas enormes de jugar. Sin embargo, al terminar aquella temporada, supe que no podía continuar. Si seguía, probablemente hubiera dejado el equipo a mitad de temporada, y eso jamás lo había hecho ni me veía capaz de hacerlo.

Preferí parar. Mi cabeza lo necesitaba. Venía de experiencias donde solo debía preocuparme de rendir, como en clubes plenamente profesionales o con la selección española, donde todo está estructurado para que te dediques exclusivamente a jugar. El contraste con otras experiencias fue muy duro. En el Damaiense, por ejemplo, aunque no fue mi peor etapa, sí lo fue en cuanto a condiciones y gestión. Si no llega a ser por el staff, con personas como Tengarihna, Xica o Xavi, que eran brutales, probablemente no habría salido adelante.

Pasé de despreocuparme absolutamente de todo a tener que preocuparme por demasiadas cosas. Además, el fútbol playa presentaba una realidad completamente diferente. A nivel económico, el fútbol once sigue siendo el que “me da de comer”, salvo en países como Rusia o China, donde el fútbol playa es realmente profesional.

El contraste internacional del fútbol playa

En países como Rusia, las jugadoras tienen contratos profesionales anuales y se dedican exclusivamente a este deporte. Arabia es otro mundo: todo es exagerado, con infraestructuras impresionantes. La visibilidad es enorme, con una comunicación constante, presencia en redes sociales, embajadores de todo el mundo y una promoción continua del deporte.

También se celebran galas espectaculares, con premios como el Balón de Oro o el Guante de Oro. Tuve la suerte de asistir tres años consecutivos a Dubái, uno de ellos en un museo espectacular, y el año pasado en Cádiz. Que estos eventos lleguen a España es algo muy positivo. Para mí, todo eso era impensable años atrás.

Cómo el fútbol playa me ha hecho una jugadora más completa

Desde mi experiencia, el fútbol playa se parece más al fútbol sala en cuanto a espacios y toma de decisiones. Aun así, considero que me ha hecho una jugadora más completa. Mi rendimiento físico proviene, sobre todo, del fútbol once. He entrenado específicamente para el fútbol playa, y también he mejorado gracias a él, pero todo mi bagaje físico se lo debo al fútbol.

De hecho, uno de los principales motivos por los que quise volver al fútbol fue prepararme físicamente para esta temporada de fútbol playa.

Vocación más allá del juego: el descubrimiento de la entrenadora

A pesar de la imagen pública que puede proyectar el fútbol profesional, Andrea se define como una persona tímida, poco amiga de cámaras, vídeos o focos. “Los vídeos que hago son en broma, no me siento del todo suelta en las entrevistas”, reconoce. Esa forma de ser también estuvo muy presente en uno de los momentos más importantes de su vida personal: su boda con Sara. A ambas les preocupaba sentirse observadas constantemente, porque ninguna de las dos disfruta siendo el centro de atención. “Sabíamos que todos los ojos iban a estar puestos en nosotras y eso nos ponía nerviosas”, recuerda. Sin embargo, los nervios propios del momento acabaron imponiéndose a la incomodidad y lograron vivirlo con emoción.

Donde sí se ve claramente, sin dudas ni reservas, es como entrenadora. No se imagina en otro lugar. “Me encanta entrenar, me encanta enseñar”, afirma con convicción. Con el paso del tiempo ha notado cómo ha crecido su papel comunicativo dentro del campo: habla más, dirige más, corrige más. Ya no se calla. Ese cambio se hizo especialmente evidente el pasado verano, cuando vivió su primera experiencia como entrenadora con la selección sub-20 de Melilla de Fútbol Playa.

La pasión por enseñar y analizar el juego

Durante esa primera experiencia como técnica, Andrea fue consciente de una transformación personal: se convirtió en una entrenadora incansable. No paraba de hablar, de explicar, de mostrar vídeos, de corregir detalles. Ella misma se define con humor como “un poco pesada”, pero también reconoce que su mente funciona así. De hecho, en los últimos años ha descubierto que su forma más profunda de aprender es viéndose a sí misma.

Analiza sus propios partidos tres o cuatro veces, lo que mantiene su cabeza en constante funcionamiento. De ese análisis nace una necesidad casi natural de compartir, de enseñar todo lo que observa. Se ve claramente en el futuro ligada a la formación, ya sea en fútbol, fútbol playa o fútbol sala. Para ella, cada disciplina tiene sus propios matices y niveles, y su intención es seguir formándose en todas: “Voy a seguir sacando títulos porque es algo que realmente me gusta y me motiva”.

Una carrera marcada por el compromiso, la honestidad y la evolución

El recorrido de Andrea Mirón en Portugal y en el fútbol es el reflejo de una trayectoria construida desde la exigencia personal, la adaptación constante y una honestidad poco habitual en el deporte de alto nivel. Ha vivido temporadas brillantes y otras durísimas, proyectos ilusionantes y experiencias que le pasaron factura a nivel mental. Ha encontrado en el fútbol playa una proyección internacional y mediática que contrasta con la realidad diaria del fútbol once. Y, aun así, ha sabido parar cuando lo necesitó, reinventarse cuando fue necesario y volver cuando su cabeza y su cuerpo estuvieron preparados.

Hoy, asentada de nuevo en Portugal, con una vida personal estable y una mirada cada vez más dirigida hacia los banquillos, Andrea mira al futuro con la misma pasión con la que siempre ha vivido el fútbol: con curiosidad, compromiso y ganas de seguir aprendiendo y enseñando. Su historia no es solo la de una jugadora que ha competido al máximo nivel, sino también la de una mujer que ha sabido escucharse, detenerse a tiempo y construir, paso a paso, una nueva manera de seguir vinculada al deporte que le ha dado forma a su vida.

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